El recorrido por la Riviera Maya

Por Bibi la Luz González

Mientras escribo este relato, estoy sobrevolando el Golfo de México, en el vuelo de regreso de Montevideo vía Miami, donde pasé Semana Santa. Irónico aún, cuando fui a México hace dos años venía de vivir en Uruguay. Es impresionante cómo ambos países representan un antes y después en el desarrollo de la felicidad personal y profesional.

Empiezo entonces por expresar mi sueño por ir a la Riviera Maya. Aunque somos vecinos, quería encontrar el momento oportuno para ir. Intentos de hacer despedidas de soltera allí, proponer roadtrips que nunca salieron. De repente, pues junto con 50 jóvenes nos invitaron a participar en el Foro Económico Mundial sobre América Latina en Playa del Carmen.

Fueron tres días enteros de Foro en el Hotel Grand Velas, alojándonos en un hotel de la par, cinco diamantes, Fairmont Mayakoba. Fue una integración de jóvenes profesionales con empresarios, presidentes, gobernadores, académicos, medios fomentando oportunidades y azares del momento. Además, significativo ya que el último día del Foro representó el último día de la aquella entonces Vicepresidente de Guatemala.

El día antes del foro, aterricé en Cancún, donde tomé un bus en dirección a Playa del Carmen. Me quedé una noche en un hotel frente al mar y a media cuadra de la Quinta Calle. Caminar, nadar y probarme los tradicionales sombreros ‘rancheros’; era mi primera vez fuera de un aeropuerto mexicano. No podía esconder, ni pretendía hacerlo, mi cara de turista en completa felicidad.

Luego del Foro tomé un taxi para pasar dos noches en Tulum. Alcancé aún a media noche la repetición de la entrevista que nos hizo Gabriela Frías en CNN en Español. La mañana siguiente, compré mi desayuno en un supermercado y tomé un bus de línea para la zona arqueológica de Tulum. Me bajé en la parada designada, compré mi entrada y caminé los kilómetros necesarios para llegar al mero mero ingreso.

Maravillada por estar en el lugar que había anhelado conocer, caminé con mis sandalias deportivas a través de piedras, iguanas enormes, grama, para ver las ruinas con el contraste del agua turquesa resplandeciente con el sol. Tomé atención obviamente de la historia del lugar, retroceder al período post-clásico, quedarme quieta, cerrar los ojos, y sentir la esencia del lugar. ¡Pilas los Mayas que se asentaron allí, qué lugar!

Me metí por recovecos poco circulados, y resulté en una carretera de tierra. Un poco desorientada, había llegado justamente al lugar que quería: dirección playa. Traía mi traje de baño abajo, caminaba ese camino desolado, sin saber hacia donde exactamente iba a terminar. Tras un par de largos minutos, doblé a la izquierda pasando en un callejón de arena entre dos hoteles.

Me quité la ropa y corrí al agua. Mis ojos, bikini y color de agua eran uno solo. La vista lejana desde Playa Paraíso y Playa Maya hacia El Castillo era imponente. Quería quedarme allí para siempre.

Luego de una buena nadada, caminada por la playa y tomarme una piña colada sobre los columpios en el bar de la playa, regresé por ese camino de arena/tierra para tomar un taxi de vuelta al centro de Tulum. Quería ir a Chichen Itzá. En temporada baja, y sin haber visto el horario de los buses públicos, ya no había oportunidad de ir. En mi desespere por ir, entré a un local de buceo y no perdía nada en preguntar si hacían viajes a las ruinas. Claramente su respuesta fue negativa, pero me emocionó más su propuesta: sumergirme en cenotes.

Con lo que me encanta el agua, y lo buena onda de los chavos de Koox Adventure Center, me fui a probar los wet-suits y nos fuimos con todo el guía/instructor en la aventura privada hacia los cenotes.

Primero fuimos al Cenote Abierto de Aktun-Ha. El agua fría traspasaba el traje, y fue el contacto inicial con el equipo de buceo con snorkel. Era nadar entre manglares, peces, y tomar confianza. Adentrada en el cenote, el guía me pregunta si yo soñaba. Le respondí que sí, y me contó que en estas aguas uno podía alucinar sin drogarse con ningún hongo o estímulo externo. Me explicó cómo.

Estar boca arriba, palmas hacia arriba a la par de la cabeza, arquear la espalda teniendo la cabeza colgando, aguantar la respiración, y abrir los ojos. Mientras miraba para arriba una imagen distorsionantemente loca – el fondo y vegetación del manglar reflejada en la superficie del agua mezclándose con el color del agua, árboles, cielo y sol, al igual que mis manos reflejadas arriba y abajo. Lo repetí varias veces, y cada vez sumergida por más tiempo. Debo de haber viajado y estar en un trance en un mundo paralelo, volteando mi cabeza y ojos de un lado para el otro, arriba y abajo, volando mientras flotaba.

Con un sentimiento de liviandad, pasamos luego al Cenote Dos Ojos. Agua celeste turquesa en plena cueva – haloclina – que me hace recordar a un halo con algo de alucinante. Eso es lo que es. Nos sumergimos en las rocas con la GoPro, con el instructor me llevó hacia la Caverna de los Murciélagos, y los hoyuelos de luz confundían la distancia entre las cuevas. Luego, prendimos nuestras linternas y pasamos a lo negro, una cueva sin rayos de luz, nosotros pasando por estrechas rocas en todos lados – había que tener cuidado para no nockearse. Llegamos. Apagamos las linternas. ¿A qué horas me matan acá? – pensé yo. Los dos solos, en plena oscuridad, en el inframundo, unos segundos de claustrofobia, para luego relajarse del todo, en total silencio. Prendimos de vuelta las linternas. Salimos hacia una luz celestial bajo del agua en dirección a la multitud. Refaccionamos, reflexionamos sobre la experiencia, y nos dirigimos de vuelta al centro.

Esa noche y la mañana siguiente me quedé en la habitación terminando una aplicación para una beca del MBA de Oxford que había sido aceptada. Me dirigí a la parada de buses de Tulum dirección Playa para luego el Aeropuerto de Cancún. Una conexión en Ciudad de México, con un rico jugo de Nopal, estaba nuevamente de vuelta en Guatemala.

Como dice el capitán del vuelo, fue un sube y baja en 30 mil, 32 mil pies, para bajar a 28 mil pies para encontrar una zona no tan turbulenta.

Justamente estoy volviendo de Uruguay, de la boda de una de varios amigos/familia que nos unió ese viaje y Foro en México.

Del Inframundo para flotar en el cielo turquesa.

Fotografías: cortesía Bibi la Luz González