UN “¡HASTA AQUI!” PUEDE SALVARTE LA VIDA

 dentro de Confidential, Mente

“Sentí que mi novio me pateaba bajo la mesa para que dejara de hablar con su amigo. Algunos meses después, las patadas cambiaron a pellizcos, me dejaba moretes y las lágrimas nublaban mis ojos. Me casé con él, pero lo dejé seis meses después para evitar que nos matara a mi hijo y a mí”. Una mujer narró a LOOK su experiencia de violencia intrafamiliar para demostrar que el círculo de la violencia se puede romper.

*Algunos detalles fueron cambiados para proteger la identidad de nuestra colaboradora.

Nos conocimos en la universidad, cuando yo tenía 24 años. Estaba deslumbrada por él, me sentía enamorada y feliz. Era un hombre jovial, que proyectaba seguridad y tenía un círculo de buenos amigos. Yo era una persona más reservada, de carácter tranquilo pero firme. En mis relaciones pasadas, que no fueron muchas, nunca me dejé. Si alguien tenía alguna actitud que no me parecía adecuada terminaba la relación y listo. Me consideraba una mujer fuerte. 

Recuerdo que cuando empezamos nuestro noviazgo se fue de viaje y le dije “está bien, ve”, no me pondría en plan de la novia celosa y controladora. A mí no me gustaba que fueran así conmigo y yo tampoco lo haría. En casa siempre me decían “no hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti”, y quería replicarlo. Buscaba una relación sana, deseaba que todo saliera bien. Él me gustaba mucho y me sentía realmente feliz y afortunada.

Transcurrieron unos meses y noté que su personalidad cambiaba. Resultaba un hombre bastante iracundo, pero era demasiado evidente cuando bebía. Yo siempre fui una mujer recatada, un día vestí con mis pantalones flojos favoritos y una blusa a juego, “cámbiate ¿o a quién le vas a coquetear, pues?”, me dijo y yo solo me le quedé viendo. Lo ignoré. Salimos al evento que teníamos esa noche, recuerdo que era una cena. Casualmente yo me senté al lado de su amigo y su pareja. Entablamos una conversación bastante animada los tres y de pronto sentí que mi novio me pateaba bajo la mesa para que dejara de hablar con su amigo. Me quedé petrificada, mi corazón latía de prisa, mis manos sudaban, me puse nerviosa porque no sabía qué estaba sucediendo. “Dios, ¿qué es esto?”, pensé y lo pasé por alto.

Las patadas cambiaron a pellizcos, si hablaba con alguno de sus amigos en cualquier fiesta, me dejaba moretes y las lágrimas nublaban mis ojos. Pero no podía permitir que nadie se diera cuenta, yo la mujer fuerte, yo la obediente, yo la buena estudiante, yo la que nunca se dejaba estaba siendo agredida por mi novio. Me sentía humillada, avergonzada y empezaba a ingresar a un círculo extraño donde ignoraba la voz dentro de mí que me alertaba y me decía “huye”. En una ocasión me empujó de las gradas por un malentendido, todavía tengo la cicatriz por aquí, ¿la puedes ver? Está justo en mi oreja. Después me dijo, “perdóname, soy un bruto, no lo quería hacer” y le dije que solo esperaba que no volviera a suceder. La enfermera que cuidaba a su abuelo salió a ver qué sucedía y me llamó a la habitación, “mire, ya no siga con él. Una vez intentó tirarme la silla encima de la cabeza. Usted es una mujer educada y amable, ¿qué hace ahí?”, me cuestionó y yo solo le agradecí y me marché.

Yo casi siempre estaba de muy mal humor, discutía en mi casa ante cualquier observación que hacían mis hermanos, “él no es para ti”, “él no es una buena persona”, “déjalo, no te conviene”, “tiene fama de drogo, dejalo”, y ahí iba uno a defenderlo, “ustedes no lo conocen como yo”, pero sabía que algo no estaba bien. Un día, en una discoteca, discutimos y se molestó tanto que me empujó. Caí y la grava se incrustó en la palma de mis manos. “Ven, si quieres te llevo a casa”, me ofreció uno de sus mejores amigos. “Ya déjalo, él no va a cambiar”, me sugería otro. Les sonreí y les dije que no se preocuparan, ya veríamos cómo superar estos problemas. Él cambiaría.

Pasaron dos años y quedé embarazada. Tenía 26 y mientras lo escuchaba alegar solo podía pensar en casarme. No sé si fue por él, no sé si fue por mí, no sé si fue porque la sociedad me había educado para desear una boda. Hablamos con mi familia y él le dijo a mi papá que no se preocupara, que me haría su esposa. Mi papá estaba decepcionado y solo nos dio su bendición. 

Durante el embarazo los pellizcos, patadas y palabras abusivas continuaban. Las hormonas no eran mis aliadas, lloraba mucho y emocionalmente sentía como si una mano invisible hubiera colocado la tristeza, ilusión, alegría, enojo y esperanza en una licuadora. Por esos meses recibí la visita de su mamá y hermana “no vamos a apoyar esta boda porque sabemos cómo es mi hijo”, me dijo su mamá. Unos días antes le conté que seríamos padres de una hermosa bebita y su respuesta fue “¡pobre niña!”, aunque después se disculpó.

El estupor me invadía el día de mi boda. Sentía como si una nube hubiera caído sobre mí, como si estuviera observando desde lejos cuanto acontecía. Él pasó bebiendo durante la fiesta, había muchos invitados. Llegó el momento del vals y por un momento, todo fue perfecto.

 

Estuvimos casados por seis meses, pero los sentí como 20 años. Él llegaba siempre en la madrugada una, dos, tres de la madrugada. Me despertaba y me hacía hacer cosas. Yo lloraba y una vez me pegó. Llegué a mi trabajo con el ojo morado ¿Qué te pasó?, me preguntaban mis compañeros. “Eh, nada, fíjate que me caí”, eran algunas de las explicaciones que hacía. En otra ocasión me enyesaron el brazo porque me empujó. No sabía qué hacer. Él me había dicho que no quería ver a mis papás o hermanas en la casa, así que inventaba cualquier excusa cuando ellos me llamaban para ir a visitarme o para evitar que me vieran lastimada.

Llegaron las 26 ¿o eran 27 semanas? No recuerdo bien. Empecé con dolores fuertes, me fue a traer y me llevó al hospital. Recuerdo el piso del hospital, vomité. Aparentemente eran cálculos renales. Me inyectaron medicina para fortalecer los pulmones de mi hijo, “es por precaución, me tranquilizó el médico”. Ocho días después nació mi hijo. Fue como una terrible pesadilla, su familia y la mía se pelearon. El pequeño era prematuro y apenas pesaba 3 libras. Necesitaba una trasfusión de sangre y mi esposo no podía hacerlo por el nivel de alcohol en su sangre. 

La primera semana de vida de mi hijo él se portó muy bien, pero después regresó a sus andanzas. La gota que derramó el vaso fue una noche, lo recuerdo bien. Teníamos una pareja de amigos en común y las esposas saldríamos a cenar. Le conté que iría con mi amiga, le preparé una bandeja con la cena: huevos, frijoles, pan y un cartón de crema. Cargaba a mi bebé en brazos y él empezó a alegarme, no recuerdo bien por qué. En el momento cumbre de su cólera, presionó con fuerza la crema y me cubrió de ella. Cuando escuché un gritito ahogado y vi a mi hijo, estaba morado pues tragó crema. ¿Qué estás haciendo? ¡lo vas a matar! Alcancé a reprocharle y volteé a mi pequeño para que vomitara toda la crema. Él agarró sus cosas y se fue. 

“Hasta acá va a llegar esto. ¡Yo ya no puedo!”, me dije a mí misma, esa fue la chispa que encendió la mecha. El día que decidí irme me hizo algo muy feo. 

Agarré mis cosas y me marché para siempre. En esos días a uno le podían demandar por Abandono de Hogar. Hice una carta indicando por qué me iba, “¡Me vas a matar y también a nuestra hijo!”, le dije antes de que firmara el documento. Agarré mis cosas y me permití empezar otra vez.

Violencia física: 

Es toda acción que dañe físicamente a las mujeres. Puede ser ejercida por su cónyugue, ex-conyugue, novio, pareja, familiar cercano, con quién tenga o haya tenido una relación de afectividad. Incluye empujones, manadas, cachetadas, puñetazos, te agrede o amenaza con un cuhillo o pistola, intenta ahorcarte. 

Violencia económica: 

Es toda acción u omisión de la pareja o marido; que impida a una mujer su estabilidad económica.  La persona agresora, retiene tus documentos personales, bienes y valores, instrumentos de trabajo, no te da lo suficiente para cubrir las necesidades de tu familia o te controla por medio del dinero, en qué lo gastas o ganas, te prohíbe trabajar o tomar decisiones de cómo gastarlo.

Fuente: Fundación sobrevivientes

Violencia psicológica: 

Esta violencia es compleja, pues a veces se puede esconder. Puede ser directa o indirecta, verbal o no verbal. El agresor te impone la manera de vestir, qué religión seguir, los lugares a los que puedes ir, las personas con las que puedes hablar o visitar; te insulta, te prohíbe salir, o convivir con tu familia. 

Fuente: Fundación sobrevivientes

Violencia patrimonial: 

Se ejerce violencia contra las mujeres al aprovecharse de su patrimonio, ya sea común o individual. Esta violencia puede ocurrir por acción u omisión. 

Fuente: Fundación sobrevivientes

Violencia sexual: 

La violencia sexual se da cuando tu novio, pareja o marido te obliga o fuerza a tener relaciones sexuales, te presiona para que realices actos sexuales no deseados, con los que te humilla, te prostituye y te prohíbe usar métodos de planificación familiar. Toda mujer tiene el derecho de decidir sobre su vida sexual. 

Fuente: Fundación sobrevivientes

Femicidio: 

Es la muerte violenta de una mujer.  Culminación de la constante violencia física, psicológica o sexual por parte de la pareja, esposo, novio o alguien cercano a la víctima; ésta puede ser pública o privada y es producto del machismo. 

Fuente: Fundación sobrevivientes
obra: dipti kulkarni art-child abuse
imagen: servicios

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