Nadie está a salvo. Nadie está seguro. En cualquier momento todo lo que conoces, todo lo que amas o quieres se puede perder en un instante. Eso le sucedió a Ana, esta es su versión de los hechos. 

A sus 24 años de edad Ana (nombre ficticio cambiado por seguridad), fue sentenciada a 16 años en la cárcel. Algo que comenzó como un proceso tan simple y normal como la venta de un automóvil, terminó arrebatándole la vida, sus estudios y a su hija de tres años. Ana relata que llevaba una vida normal, trabajaba para sostener económicamente a su hija y para pagar sus estudios. Su sueño era convertirse en ingeniera y su anhelo más grande era ver a su hija crecer. 

“En el 2011 decidí vender mi carro. Conocí a una persona que quería comprármelo, pero solo podía hacerlo por pagos. Los consejos que recibí fueron que, si se lo vendía, no hiciera el traspaso hasta que esta persona completara el pago del carro. Yo no tenía mucha experiencia en estas cosas por lo que seguí los consejos y vendí mi carro sin hacer el traspaso de título de propiedad. Al principio todo iba bien, hasta que seis meses después recibí una llamada en la que me dijeron que el carro estaba en una especie de problema. Fue un momento confuso y al momento de preguntarle qué clase de problemas, siempre fue evasivo y no respondió directamente la pregunta. Solo me dijo que no era nada grave pero que lo mejor era hacer el traspaso ya. Tal vez fui ingenua en creerle a este hombre, pero decidí acompañarlo y hacer el traspaso lo antes posible para yo evitarme problemas.

En el camino, fuimos detenidos en un puesto de registro. Como en cualquier puesto de registro nos pidieron los papeles de auto y del piloto y, luego de revisarlos, nos dejaron ir. Al parecer todo estaba bien pero, cinco minutos después, los mismos hombres del registro nos alcanzaron y nos pidieron que nos detuvieramos nuevamente. Nos hicieron bajarnos del carro de una forma violenta y abusiva. Yo les preguntaba cuál era el problema y el motivo de todo eso y no me respondían. Lo único que hicieron fue registrarme luego me esposaron y me metieron a un pick-up blanco. Estuve más de diez horas en ese carro. De vez en cuando llegaba algún oficial a hacerme una pregunta, algunas de ellas yo ni las entendía. Me trataban de hacer preguntas para que me incriminara de un delito que ni entendía y que no había cometido. Les explique una y otra vez que yo solo le había vendido el auto a ese hombre y que nos dirigíamos a hacer el traspaso. Cada vez que volvía a explicarles tenía la esperanza que se dieran cuenta de su error y que me dejaran ir. Yo solo quería volver a ver a mi hija y tenerla en mis brazos. 

Después de estar 24 horas detenida, fui llevada al juzgado. Allí me enteré que la policía estaba diciendo que me habían capturado a mí y a tres hombres. Luego conocí por primera vez por lo que se me estaba acusando: dos delitos, el primero de asociación ilícita a un grupo criminal y el segundo de portación de armas. Como si eso no pudiese haber empeorado, fui trasladada en helicóptero como una gran delincuente a un centro preventivo para mujeres. Era primera vez que yo ponía pie en un lugar como este. 

Ese fue el inicio a una larga espera en prisión. Pasé un año entero en la cárcel antes de que comenzara el juicio. Al principio guardaba esperanzas que todo era un malentendido y pronto me fueran a liberar, que yo no portaba ningún arma, y que si esa arma existía, mis huellas no estarían en ella. No era la única con las esperanzas de salir libre, mi abogado también se sentía confiado que mi libertad era innegable. Pero las sorpresas no dejaban de venir y de pronto mi caso ya no era solo yo y tres hombres más, de pronto yo me había convertido en el número 23 de 37 acusados en uno de los procesos más grandes de su tipo en Guatemala. 

Pasé de ser mamá y estudiante a formar parte de una estructura criminal catalogada extremadamente peligrosa y centro de atención de todos los medios. El juicio duró un mes. Mientras transcurría el tiempo, mi esperanza de libertad se volvía cada vez más pequeña. Di mi declaración y una vez más trate de explicar que yo solo había vendido un carro y estaba haciendo el traspaso. No sé si fue porque no me creyeron o porque cerrar un caso así de mediático era más importante, pero al final de ese mes escuché esa palabra que solo confirmó la pesadilla: “culpable”. Fui sentenciada a 16 años, 8 por cada uno de los delitos de los que se me acusaba. Fue un momento surreal. No sabía mucho de leyes pero sabía que habían piezas faltantes, nunca presentaron a juicio la supuesta arma que fue hallada y mucho menos huellas que me atasen a mi persona directamente con la acusación y jamás se demostró que fuera parte de la estructura criminal. Aún así fui sentenciada. Era como si mi vida no fuese real, pero mi familia y amigos fueron los que me trajeron a la realidad, ellos sabían que había sido acusada injustamente.

Fue como si una burbuja explotara, como despertar en dolor. Me di cuenta que había sido víctima de un sistema ciego e injusto y culpa de ello iba a perderme la vida de mi hija y mi propia vida. Yo solo pensaba en mi hija y cómo a ella le habían arrancado a la persona más preciada de su vida y cómo se lo estaría explicando mi mamá a esa pequeña ya de cuatro años. Yo también fui de las que nunca cuestionaba las noticias. Creía que todo lo que se decía ahí tenía que ser cierto porque cómo iba a ser posible que tanta gente mintiera. Pero ahora sé la verdad. 

Cuando uno recién ingresa a la cárcel después de haber sido condenada, la gente cercana a uno siempre trata de dar aires de esperanza y hablan sobre cómo se va a hacer la justicia. Más por ellos que por uno mismo, traté de aferrarme a esa esperanza y fe de la que hablaban y, cada vez que me negaban una apelación o un amparo era denegado, era revivir todo el proceso nuevamente hasta quedarme sin recursos legales para revertir mi sentencia. Llegué al punto que, cuando alguna amiga habla sobre milagros o un propósito mayor a las cosas, prefiero reírme y mi amiga me dice que me he vuelto cínica pero la alternativa sería llorar.

Aquí adentro también queremos cambios que beneficien al país porque lo que le beneficia al país nos va a beneficiar a nosotras también, y queremos ser parte de esos cambios de justicia. 

Aquí adentro se ve de todo. Es una realidad mucho más oscura que la de Guatemala, pero no por eso deja de ser real. Afuera nos acusan que desde aquí adentro las reas extorsionan a la gente, pero no saben que aquí adentro también somos extorsionadas a diario. Afuera se quejan de la delincuencia y de cómo todos los criminales se deberían de ir a la cárcel, y no se dan cuenta que estamos sobrepoblados y al borde del colapso. Cuando ven a un criminal detrás de rejas, inmediatamente lo asocian a maras sin siquiera tratar de ser objetivos y darse cuenta que aquí adentro hay muchos inocentes, y tal vez casi en la misma proporción que los culpables que andan libres. 

Me he deprimido, no lo voy a negar. No es difícil deprimirse en un lugar como este, en especial si se es inocente. Hay días que quisiera quedarme en la cama, miento, no tengo cama. Pero encontré que al ingresar a la cárcel tienes dos opciones, convertirte en lo que no eras o seguir siendo quién eres. Yo soy una luchadora, me esforcé para sobresalir y darle un buen ejemplo a mi hija estudiando los fines de semana mientras era libre. Ahora que no lo soy, seguiré esforzandome para ser ese ejemplo y hacer una diferencia aunque sea aquí adentro. En la cárcel es muy fácil excusarse en las drogas que hay por todas partes o involucrarse con gente mala por favores que no lo valen o quedarse tirada sin hacer nada. Pero me rehúso a ser de las que se rinden o se pierden. 

Actualmente soy la encargada de un sector que tiene más de 100 internas y estoy a cargo de mantener el orden de estas internas. Con el tiempo me he llegado a ganar su respeto y me atrevo a decir que su admiración porque no me doy por vencida y sigo luchando por lo que es bueno. Aquí adentro me dediqué a seguir estudiando lo más que pudiera, he estudiado cursos de inglés, matemáticas y logré graduarme de enfermera. Trabajo en el taller de serigrafía fundado por Ashley Williams, Serigrafía de la Gringa. Soy la supervisora de las que trabajan en la serigrafía y ahora también imparto el curso de serigrafía. He conocido a todo tipo de gente, pero siempre trato de ser un mensaje positivo y un ejemplo a seguir. Para poder laborar en la serigrafía se les exige a todas las que trabajan, incluyéndome, no consumir drogas, ser puntuales, ser activas en cualquiera de los programas educativos dentro de la cárcel pero sobre todo, aspirar a cambiar nuestras vidas de forma honesta.

Mi hija hoy ya tiene 9 años. Mi bebé creció y ya es niña grande y yo me lo perdí. Todos los días que le hablo me hace la misma pregunta “¿cuándo vendrás a casa?”. Han sido los seis años más difíciles de mi vida y, si sigo en el camino por el que voy, solo me faltan dos años para salir. Cuando uno tiene razones por las cuales luchar, no importa lo difícil que sea el camino, rendirse no es una opción. 

Una vez que cambie de rol y me convertí en una privada de libertad más, me di cuenta del constante ataque estigmático con el cual somos juzgadas todos los días. Pero aquí adentro también queremos cambios que beneficien al país, porque lo que le beneficia al país nos va a beneficiar a nosotras también, y queremos ser parte de esos cambios de justicia. Estamos dispuestas a iniciar ese cambio desde aquí adentro, “detrás de las rejas”. Lo único que hace falta es que la gente de afuera crea en nosotras y apoyen la rehabilitación dentro de las cárceles” – Ana.

Si quieres apoyar a las mujeres privadas de libertad como Ana puedes hacerlo en la Serigrafía de la Gringa como lo encuentras en Facebook haciendo pedidos con el diseño que tú quieras. También puedes escribir a [email protected]
“El apoyo además, debe venir de una presión de la población al estado para que exista un debido proceso y presunción de inocencia equitativa.” – Ashley Williams